El Arte de Comunicarse con el Alma

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ay algo en la comunicación antigua que no quiero perder. Algo que vive entre lo genuino y lo eterno. Hablo de ese tiempo donde las palabras pesaban, los silencios tenían significado y la presencia era un regalo, no una rareza.


A veces siento que, en medio del ruido digital, aún hay un rincón secreto donde la conexión profunda espera ser rescatada.

Me aferro —sí, me aferro— a esa forma de comunicar que muchos llaman “pasada de moda”, pero que para mí es un tesoro.A la comunicación que se escribía con pulso, no con prisa.
A las cartas que viajaban kilómetros para decir “te extraño”, porque no existía la urgencia del “dónde estás” enviado en segundos. A las flores entregadas en persona, no reemplazadas por un emoji rápido y sin alma. A las conversaciones que se daban mirando a los ojos, sin distracciones ni notificaciones robándose la atención. La comunicación antigua tenía algo que hemos ido extraviando: intencionalidad. No era hablar por hablar. Era decir, expresar, conectar, escuchar. Era detenerse. Era sentir.

Hoy, aunque el mundo nos empuje a la inmediatez, a lo superficial, a lo rápido, yo elijo resistir.
Elijo creer en el valor de lo profundo. Elijo la pausa sobre el impulso. Elijo la palabra bien dicha sobre el mensaje apresurado. Elijo comunicar con el corazón y no solo con los dedos.

Porque cuando dejamos de escribir cartas, dejamos de escuchar nuestro propio interior.
Cuando reemplazamos las flores por emojis, algo del romanticismo se nos escapa entre las manos. Cuando hablamos solo por mensaje, olvidamos el tono, la voz, el brillo en los ojos, la energía que solo existe cara a cara.

Yo quiero volver a eso. A lo que era real. A lo que se sentía. A lo que tenía peso.
A lo que dejaba huella. No se trata de rechazar la tecnología —yo misma vivo y trabajo gracias a ella— sino de recordarnos que el alma de la comunicación nunca estuvo en las herramientas, sino en la intención. Creo que, aunque estemos en un mundo acelerado, podemos recuperar la esencia. Podemos volver a lo clásico, a lo humano, a lo auténtico. Podemos enseñarle al corazón a no olvidarse de lo que un día lo hizo vibrar.

Y sí, me aferro a esa comunicación Antigua. La que sanaba. La que llegaba. La que quedaba. Quizás sea romántica. Quizás sea nostálgica. Quizás sea de esas que todavía guardan cartas en cajas y recuerdan olores, flores y voces. Pero ese es mi lenguaje. Mi forma de ver el mundo.
Mi forma de amar la comunicación.

Y mientras siga respirando este tipo de conexión, seguiré defendiendo aquello que nos hace humanos: el arte de comunicarnos con alma.

 

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