"Mucho ego, poca sustancia: lo que el ruido no tapa"

A lo largo de mi vida profesional, me ha tocado observar un fenómeno que se repite en diferentes espacios laborales, como una especie de patrón silencioso pero evidente: las personas que más quieren sobresalir, muchas veces son las que menos tienen que decir. Las que más hablan, las que más buscan ser vistas, las que levantan la voz en cada reunión, son —con frecuencia— las que menos profundizan, las que más temen que el silencio revele sus vacíos.

Y no es que esté mal querer destacar. Todos queremos ser reconocidos en algún nivel. Todos queremos sentirnos valorados. Pero hay una diferencia enorme entre destacar por lo que uno verdaderamente es y sobresalir a base de estrategias, apariencias y protagonismo superficial.

He trabajado con personas brillantes de verdad. Gente que no necesitaba gritar su valor, porque su trabajo hablaba por ellos. Personas que no necesitaban figurar todo el tiempo porque su constancia, su preparación y su temple sostenían resultados que hablaban más fuerte que cualquier discurso. Esas personas —las que saben en silencio, las que construyen en las sombras— son, a menudo, las menos escuchadas… porque no necesitan adornarse ni venderse. Pero cuando hablan, el ambiente se calla. Porque su voz pesa.

En cambio, también he visto el otro extremo: personas que construyen su imagen a base de palabras bonitas, frases aprendidas, posturas ensayadas. Se saben mover, saben impresionar. Hablan de todo, opinan de todo, pero cuando se rasca apenas la superficie, no hay profundidad. No hay fundamento. Es humo.

Y lo que más me llama la atención es que muchas veces estas personas logran posiciones de visibilidad, al menos por un tiempo. Porque en un sistema que premia la rapidez, la imagen, la autoconfianza exagerada, el "vendedor de humo" puede camuflarse bien. Pero lo verdadero, tarde o temprano, se revela. Porque el conocimiento no se improvisa. La experiencia no se inventa. La madurez profesional no se finge.

He aprendido a distinguir entre quienes construyen desde el ego y quienes construyen desde el conocimiento. Entre quienes trabajan para ser vistos y quienes trabajan para aportar. Los primeros te dejan cansado; los segundos te inspiran. Los primeros ocupan espacio; los segundos siembran valor.

A veces, los que saben callan porque están observando, porque eligen el momento justo para hablar, porque su ego no necesita imponerse. Y eso es algo que debemos aprender a valorar más en los espacios de trabajo: no quien más brilla a primera vista, sino quien sostiene con sabiduría desde atrás.

Y ojo: esto no es una invitación a quedarte callado si sabes. Al contrario. Muchas veces, los que verdaderamente tienen valor, no se animan a ocupar su lugar. Y ahí es donde se pierde el equilibrio. No se trata de competir con los que aparentan, sino de elevar el estándar con hechos, con resultados, con ética y con verdad.

No compitas con el ruido. Trabaja en tu voz. En lo que sabes, en lo que haces, en cómo lo haces. Las personas correctas lo verán. Y si no lo ven de inmediato, el tiempo se encargará de poner cada cosa en su lugar. Porque lo real no necesita gritar: resiste.

Mi consejo para ti: si estás rodeado de gente que quiere figurar sin saber, no te frustres ni cambies tu esencia para imitarlos. En vez de eso, afila tu conocimiento, perfecciona tu trabajo, manten tu integridad y habla cuando tengas algo verdadero que decir. La sabiduría se reconoce, incluso si al principio incomoda. Y cuando el brillo falso se apague, los que realmente saben seguirán iluminando desde dentro.

 

 

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