“Debatir y discutir: esa línea que hemos perdido”

Hoy siento que algo esencial se ha perdido en la manera en que nos comunicamos: la capacidad de debatir y discutir de verdad. No hablo solo de intercambiar opiniones, sino de escucharnos, de abrir un espacio donde lo diferente no sea una amenaza, sino una oportunidad de aprendizaje.

Parece que vivimos en un mundo donde las ideas ya no se confrontan con respeto, sino con urgencia y agresión. Donde el objetivo no es entender, sino ganar. Donde se nos olvida que debatir no es destruir al otro, sino explorar juntos las fronteras del pensamiento.

Recuerdo tiempos en los que discutir podía ser apasionado, sí, pero siempre con un hilo de cuidado. Se podía disentir y, al mismo tiempo, permanecer conectados, mantener la relación. Hoy, en cambio, muchas veces nos encerramos en nuestras posiciones como si nuestra identidad dependiera de no ceder un milímetro. Se traspasa la línea de la comunicación humana y, en vez de debatir, simplemente atacamos o nos retiramos, dejando que la diferencia se convierta en un muro.

En la era digital, esto se intensifica. La velocidad de las redes sociales, el anonimato, la necesidad de “tener razón” en segundos, todo conspira para que la discusión saludable se transforme en confrontación. Hemos aprendido a repetir, a replicar, pero no a escuchar. A responder, pero no a entender.

Y sin embargo, debatir sigue siendo un arte antiguo y necesario. Discutir de manera respetuosa es un ejercicio de humanidad. Es reconocer que cada persona viene con su propia historia, con sus propias experiencias, con un universo que no siempre vemos. Es aceptar que nadie tiene toda la verdad y que el intercambio de ideas nos enriquece a todos.

Creo que recuperar esa capacidad comienza con pequeños gestos: escuchar sin planear nuestra respuesta mientras el otro habla, preguntar antes de juzgar, abrir la posibilidad de cambiar de opinión sin sentir que estamos perdiendo. Se trata de respetar el proceso de pensamiento del otro, aunque no coincidamos. Es un acto de humildad y de valentía a la vez.

Debatir no significa convencer a todos, ni salir con la última palabra. Significa aprender, crecer y conectar. Significa entender que la diversidad de ideas es un tesoro y no un obstáculo. Y si podemos hacerlo, incluso cuando la diferencia es grande, habremos recuperado algo profundo: la capacidad de construir juntos, aunque no pensemos igual.

A veces, cuando miro a mi alrededor, veo personas atrapadas en la necesidad de demostrar que siempre tienen razón, y siento tristeza por la riqueza de experiencias que se pierden en cada discusión que se torna combativa. Nos olvidamos de que cada conversación es una oportunidad de descubrir nuevas perspectivas, de abrir la mente y, sobre todo, de acercarnos emocionalmente a otros seres humanos. El debate saludable nos enseña paciencia, empatía y, sobre todo, respeto.

Por eso creo que deberíamos volver a aprender el arte de discutir bien. No como un ejercicio de competencia, sino como un acto de humanidad. Cada vez que alguien escucha y comprende aunque no coincida, cada vez que alguien responde con calma en lugar de reaccionar con ira, se siembra un pequeño puente de conexión que puede crecer hasta unir mundos distintos.

Mi mensaje final es simple, pero profundo: la próxima vez que alguien tenga una idea distinta a la tuya, respira, escucha, y recuerda que cada conversación es una oportunidad de enriquecimiento, no de conflicto. Debatir y discutir no es pelear; es practicar la humanidad en su forma más pura: aprender a coexistir en la diversidad.

Si logramos esto, incluso en tiempos donde la intolerancia parece normal, podemos reconstruir puentes y descubrir que, al final, todos queremos lo mismo: ser escuchados, entendidos y valorados.

 

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