.png)
“El peligro de generalizar: cuando metemos a todos en la misma canasta”
Con el paso del tiempo he aprendido que una de las formas más silenciosas —y más dañinas— de alejarnos de los demás es generalizar. Poner a todo el mundo en la misma canasta, etiquetar sin conocer, asumir sin escuchar. Parece algo simple, casi inofensivo, pero no lo es. Generalizar apaga la humanidad del otro y nos impide ver la riqueza que existe en cada persona.
Generalizamos cuando decimos “todos son iguales”,“siempre pasa lo mismo”, “ya sé cómo son”. Lo hacemos por cansancio, por heridas no sanadas, por miedo a volver a confiar. Es una forma de protegernos, de no exponernos otra vez al dolor. Pero esa protección termina siendo una barrera que nos encierra y nos empobrece emocionalmente.
Cada vez que generalizo, reduzco a una persona a una experiencia pasada. Le quito su historia, su contexto, su proceso. Olvido que nadie llega a una conversación con las mismas heridas, los mismos valores o las mismas intenciones. Y al hacerlo, dejo de escuchar de verdad. Escucho para confirmar mis prejuicios, no para comprender.
Etiquetar es aún más peligroso. Una etiqueta es cómoda, rápida y simplifica la realidad, pero también limita. Cuando etiquetamos, dejamos de ver a la persona completa y solo miramos un fragmento.Una acción se convierte en identidad, un error se vuelve una definición permanente. Y nadie merece ser reducido a su peor momento.
He visto cómo las etiquetas hieren, cómo apagan voces y rompen vínculos. Personas que dejan de expresarse por miedo a ser juzgadas, a ser mal interpretadas, a ser colocadas en una categoría de la que luego es casi imposible salir. Etiquetar no solo duele, también deshumaniza.
Vivimos en tiempos donde generalizar parece más fácil que dialogar. Donde clasificar es más rápido que conocer. Donde juzgar desde lejos resulta más cómodo que acercarse con empatía. Pero esa comodidad tiene un costo: perdemos la posibilidad de descubrir, de aprender, de conectar de verdad.
Cuando pongo a todos en la misma canasta, dejo de asumir responsabilidad por mis propias heridas. Proyecto mis decepciones en personas que no me han fallado. Castigo a otros por experiencias que no les pertenecen. Y en ese proceso, me alejo de la oportunidad de vivir relaciones más sanas y auténticas.
He entendido que generalizar también me limita a mí. Me impide sorprenderme, crecer y ampliar mi mirada. Me deja atrapada en una narrativa rígida, donde todo ya está decidido antes de empezar. Y la vida, al igual que las personas, es mucho más compleja, diversa y profunda que cualquier etiqueta.
Elegir no generalizar es un acto de valentía. Implica escuchar con atención, preguntar con respeto y permitir que el otro se muestre tal como es. Implica aceptar que puedo equivocarme, que mis suposiciones no siempre son verdad y que cada encuentro merece una mirada nueva.
Mi mensaje final es este: dejemos de poner a todo el mundo en la misma canasta. Demos espacio a la individualidad, a la historia única de cada persona. Practiquemos la empatía y la escucha genuina. Cuando dejamos de generalizar, abrimos la puerta a relaciones más honestas, a conversaciones más humanas y a una vida compartida con más comprensión y menos juicio.
Porque cada persona merece ser vista por quien es, no por la etiqueta que otros decidieron ponerle. 🌱